
A veces pienso que nunca llegaré a ver feliz a nadie.
Hace tiempo que estoy viviendo en la ciudad y esa sensación me invade desde la primera hora. Las noches fueron eternas al principio, en las que me costaba cerrar los ojos por causa del ruido de motores y las luces de los autos. Con las persianas bajas, era casi imposible dormir por el calor y ente las rendijas se filtraban los rayos de los ojos de aquellos monstruos mecánicos que corrían carreras a ningún lado por la avenida cuatro metros debajo de mi cama.
De chico viví en un complejo de diez casitas, cada una de ellas con un pequeño jardín delante. Extrañé durante un tiempo el fondo de ese lugar en el que jugábamos al futbol o construíamos chozas con ramas, cartones, trapos. Era un terreno que con los años nos enteramos con consciencia que no era nuestro, que en la línea certera en la que terminaba el cemento y comenzaba el pasto y la tierra, habría en algún momento una medianera. Llegaba hasta la calle de atrás, Rincón, que no estaba asfaltada y era lindera a las vías de un tren de trazos modernos con primer vagón de perfil aerodinámico salido posiblemente de la primer película de Flash Gordon, allí por los ´60. Media unos treinta o cuarenta metros de largo y alrededor de quince de ancho.
En la primavera temprana, salíamos de la hibernación y la primera imagen era un pastizal que nos llegaba a la cintura. Como si se tratara de la confección de un plan de batalla, nos organizábamos para el corte del pasto, recoger la basura, sacar los cascotes y apilar en una montaña situada en algún lugar estratégicamente previsto los despojos de la faena para en una ceremonia cuasi tribal, proceder a la quema de las brujas del invierno en una hoguera que duraba hasta ya entrada la noche. Entre las vías y la calle corría una zanja en la que cazábamos ranas, renacuajos, y toda clase de insectos que reteníamos en frascos y luego olvidábamos condenándolos a una muerte segura.
Recuerdo las peleas entre ropa colgada vs. picadito, con un score histórico ampliamente favorable a ropa colgada, ya que contaba con el apoyo técnico de “las madres” quienes mediante un autoritario NO, desvanecían todo intento de recreación deportiva, incluso camuflado detrás de un “pateamos despacito”.
El fondo, fue el escenario en el que de noche, muchos perdimos el miedo a la oscuridad, quizá buscando un lugar imposible de descubrir por quien le había tocado la desafortunada tarea de contar, en escondidas en las que cada vuelta podía durar más de media hora.
Fue el aula en la que muchos de nosotros hicimos nuestras primeras armas con los asados, arrebatados y con tapa de asado en lugar de vacio, fraudulentamente vendida por alguno de los carniceros del barrio, aprovechándose de nuestro nulo conocimiento sobre de cortes de carne, con el carbón mal calculado y la correspondiente corrida al mercado en busca de unos cinco o diez quilos extras, por supuesto también mal calculado.
De este lado de la frontera o límite entre la casa y el fondo, estaba la pileta que, con un plan similar al de la limpieza del fondo en primavera, acondicionábamos en el eminente verano.
Depósito invernal de cuanta cosa anduviera suelta por ahí, sumada al agua de la lluvia que con el pasar del año llegaba a tomar un color negro digno de una ciénaga, la pileta era el centro de reunión desde el comienzo prematuro de las vacaciones. En una especie de asamblea legislativa, dictábamos las leyes de convivencia y uso después de arduas discusiones en las que surgían reglamentaciones respecto de los amigos o familiares que vivían fuera del fuerte, el uso de la ducha y la condena lapidaria a la “hora del silencio” que nunca entendí por qué su nombre era “la hora” si en realidad eran dos. Dicho tormento iba de las 13 a las 15 y tenía como objetivo pocas veces cumplido, que tomáramos una siesta e hiciéramos la digestión. Lo único que hacíamos era mirar el reloj esperando que las agujas con una ayuda divina, se acerquen al 3 y al 12. Supongo que en uno de esos días, decidí ser agnóstico.
Muchas veces, salíamos de nuestras casas para ver si alguien había dado el primer paso. Si existía algún temerario e intrépido revolucionario, era seguido por el resto, tomando como base de operaciones los bordes de aquel rectángulo del deseo, por supuesto con completo e inquebrantable mutismo, que sólo era violado 10 segundos antes de las 15 con el inicio de una cuenta regresiva que terminaba en un chapuzón multitudinario, violento y acompañado por gritos de locura y éxtasis desenfrenado. Habíamos tomado la Bastilla.
No conocimos por mucho tiempo a los vecinos ajenos al complejo. Claro que sabíamos quienes eran y donde vivían. Muchos eran compañeros de escuela, amigos de amigos. Nos cruzábamos en el ritual de los tediosos mandados ordenados por “las madres”, mirándonos muchas veces sin hablarnos pero con cara de “te entiendo, yo también soy víctima”, al cargar con vergüenza esas bolsas floreadas o a rayas impropias para la estirpe de cualquiera de nosotros, y digna de ser causal de despido para cualquier asesor de imagen. Quizá esa comprensión mutua por un sufrimiento común y nunca jamás después comentado, fue parte de lo que contribuyo a afianzar esos lazos que no se desatarían.
La salida del fuerte fue progresiva. La seguridad de lo conocido fue gradualmente desapareciendo con los años. La casa pasó a ser el barrio. El futbol siguió pero en un baldío que estaba al cruzar la calle, en la esquina, donde al principio no conocíamos a nuestros propios compañeros de equipo y menos a los rivales. La elección de los integrantes por medio de un democrático pan y queso. El futbol había ganado, no había ropa colgada.
De a poco y sin darnos cuenta, el barrio extendió sus límites. Venían de la lejanía, del otro lado de la vía, del otro lado de la avenida, de cómo seis cuadras. Y el futbol siguió por un tiempo, hasta que también sin darnos cuenta, se transformó en algo esporádico y anecdótico. La escondida en el museo y la pileta no tanto.
Y un día se escucho “Viste a la hija de…?” y lo importante pasó a ser el sábado pero no por el futbol sino por la música. Y la asamblea se reunía nuevamente pero no para ver quien cortaba el pasto sino para decidir dónde íbamos a bailar a la noche.
De repente, la dictadura del estudio, del trabajo, de la mudanza. Y el barrio que vuelve a ser casa. El círculo que se achica y con el los límites. En reuniones clandestinas de partidos proscriptos los sábados seguían pero con algunas bajas. Fulano tiene parcial el lunes. Mengano laburó como un perro toda la semana, está muerto. Y los que sobrevivimos o lográbamos escapar con mínimos rasguños nos encargábamos de mantener ese bastión lo más en pie que fuera posible.
Y la mudanza y el exilio. El vacio. Y todo se perdió. Lo perdí. Lo dejé escapar. El duelo. Mirarse las heridas. La sangre. Las curaciones de urgencia y la rehabilitación. Aprender a caminar de nuevo. Despacio. Analizar errores, estrategias equivocadas. Planificar todo otra vez. Sacarle el polvo al uniforme y al casco. Revisar el arsenal. Vencer primero la vergüenza de haber escapado a las balas. Vencer primero al miedo de salir al campo de batalla, a esta puta ciudad que mata pobres corazones, a esta tiranía auto impuesta. Ensayar el discurso muchas veces para después darse cuenta que lo que falta es valor para levantar un simple tubo de teléfono y marcar ocho simples números. Y otra vez ensayar ese entreverado, patético y andrajoso discurso, con explicaciones banales, sin sentido, excusas que como tales siempre son inútiles. Discurso que constaba de sólo una palabra. Perdón.
Con la mano amiga o no tanto de las nuevas tecnologías en comunicaciones, sin dar la cara, salió un día una moderna paloma mensajera virtual, que llevaba en su pata un mensaje con un tímido y cobarde cómo estás. La paloma volvió con un bien y vos?
Las barreras se levantaron de golpe haciendo un ruido ensordecedor que muchas veces vuelvo a escuchar en sueños, pesadillas. Las trincheras de repente aparecieron sin el agua que las inundaba y de la que todavía siento el frio. Las armas que se destrabaron. Las medallas de antiguas batallas libradas que ya no importan estaban relucientes. La imagen a lo lejos de la silueta inolvidable de cada uno de ellos.
Fue en un aniversario bajo el signo de aries, el que tuve en cuenta en los años que pasaron, pero que en un momento dejé de festejar e incluso llegue a olvidar. El cuartel, un bar de Palermo.
Camuflados entre otra gente que era indiferente a nosotros y que con reciproca ignorancia convertimos en ausencia. Sólo estábamos nosotros y nuestras almas con un par de decenas de cuerpos alrededor.
Y el reencuentro y los abrazos. Y las sonrisas y carcajadas. Y los abrazos y más abrazos. Y las fotos, las imágenes. Y mi hermana tuvo una nena y la otra está embarazada. Y la mía también y está en Andorra. Y yo tengo una hija también. Y las fotos y las imágenes.
Volver al frente. Cargar las armas. Planear nuevamente. Tratar de ganar terreno. Tratar de tomar el poder que ya teníamos sin darnos cuenta. Ahora la ropa la lavamos y la colgamos nosotros y jugamos al futbol cuando y donde queremos. Y la comunicación moderna pero con los mismos códigos, la misma música. Y las lágrimas y el llanto contenido que no permitieron que saliera y que en este puto momento cae a litros pero no inunda nada. Y el discurso que nunca fue dicho. Que no hizo falta. Nunca hubo lugar ni tiempo. Nunca me dejaron hacer lugar ni tiempo para lo que era totalmente innecesario y que quedó en un papel arrugado en mi bolsillo y dice gracias.
A veces pienso que nunca llegaré a ver feliz a nadie. A veces pienso cosas sumamente pelotudas.