Feliz cumpleaños a mi blog abandonado, en blanco (negro). Casualmente pasé por acá hace justo un año o un par de segundos
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agosto 25, 2009
mayo 29, 2008
Cartas, flores y un puñal

Para Loli, feliz cumpleaños.
Después de un tiempo sin trabajo por fin se le dio. No era exactamente lo que quería pero la paga era buena y los quilombos pocos, lo que lo hacía irresistible o por lo menos ideal para la situación. Dijo que si, que empezaba.
Económicamente estaba ahorcada, viviendo de prestado y las primeras cuentas mentales sólo tapaba agujeros, pero estaba feliz, por lo menos en ese plano.
Los primeros días como las primeras veces de todo. Conocer gente nueva dispersa en un enorme edificio, tratar de deducir quien era bueno y quien no, quien actuaba y quien no, imaginaba los pensamientos del resto con respecto a ella, a veces se perdía y trataba de hacer un mapa en su cabeza de las oficinas del piso, empezaba a estar nuevamente en el ruedo.
Se sentía un poco culpable porque el sueldo realmente era bueno, no sólo a cambio del trabajo en sí, sino que también era un buen sueldo, uno alto.
A los días se relajó un poco. Ya se sentía ubicada en su nueva vida y con sus nuevas obligaciones. Lo que todavía le pesaba era el viaje y no porque la empresa estuviera lejos, la que estaba lejos era ella.
La casa en las afueras tenía esa contra. Para cualquier cosa había que viajar más de una hora, porque cualquier cosa quedaba en la ciudad. Trataba de tomar el viaje como su real trabajo, porque era lo único que le pesaba, el resto no era tanto.
La casa la habían elegido los dos pero ella se enamoró en cuanto la vio. Cerca de la playa, con fondo y parrilla, con pocos árboles si, pero no le importó mucho ese detalle. Ya veía crecer sus plantitas cerca de la pared, en las macetas que había comprado hace tiempo y que tenía guardadas para esas plantas, exclusivamente.
Se acostumbró, después de un tiempo, a dormir en el ómnibus. Al principio le resultaban muy incómodos los asientos, pero en unas semanas cambió de parecer. También, pensó, que el trajín diario era un poco responsable de su sueño matinal y que tampoco había mucho para hacer.
Sus jefes, dos tipos de alrededor de cuarenta, con pinta de empresarios nuevos. El trato era bueno, racional, cosa que al principio le costó asumir, como quien se encuentra ante una situación que no sólo parece buena, sino que lo es.
Cobró su primer sueldo y devolvió gran parte de lo que había pedido. Con lo poco que le quedó, aguantó el siguiente mes. Recién en el tercero pudo decir que había cobrado y disfrutar del dinero. Se compró sandalias, música, un poco de cerveza y algo para fumar en casa. Paró frente a una vidriera en la que un vestido se le clavó en los ojos.
Unas semanas más tarde, uno de sus jefes la llamó y le dijo que debía reunirse con él y el otro socio en su oficina en quince minutos. El tipo era alto, morocho y con un humor estable y hasta simpático, cosa que ese día no tenía a juzgar por la cara.
Los quince minutos más largos de su vida habían comenzado. El reloj, cada vez que lo miraba, parecía retroceder en vez de avanzar. Empezó a percibir la densidad del aire y el frío de su espalda que no era acorde a ese enero de cuarenta y dos grados.
No era la primera vez en su vida que le tocaba sentir que lo bueno terminaba, por lo que se resignó y se calmó un poco. A los quince minutos, puntual, estaba golpeando la puerta del despacho. Entró con su mejor sonrisa, casi seduciendo involuntariamente.
Los socios se miraron como tratando de decidir quien iba a dar la mala nueva. Luego de un silencio de unos segundos que parecieron días enteros, uno de ellos la miró a los ojos y se lo dijo. Dio vueltas con temas como que todos hacían de todo, que cada uno era un empleado más y que sabía que no le iba a gustar, pero que las cartas había que mandarlas, para lo que había también, que ensobrarlas. Alrededor de seiscientas diarias hasta terminar con el listado de casi catorce mil fue el cálculo que hicieron.
Una mezcla de alivio y enojo la invadieron simultáneamente. No quiso quedarse callada para no dejar flotando la idea de que iba a hacer cualquier cosa que le pidieran. Protestó un poco pero en un tono irónico bien balanceado.
Cuando salió del despacho casi explota de contener la carcajada y mientras caminaba hasta su escritorio pensó en jugar a buscar conocidos dentro de aquellas cajas repletas de sobres y cartas.
Al tercer día ya había encontrado a algunos parientes, ex compañeros de estudios, un ex novio, su jefe en un trabajo anterior y hasta una prima de quien no tenía noticias hace mucho. Entre los sobres de una de las cajas, había en medio un espacio. Tomó la caja y la sacudió como para acomodarlos pero el espacio seguía ahí. Repitió la maniobra varias veces hasta que no pudo con su obsesión y vació la caja sobre el escritorio para acomodarlos uno por uno. Mientras lo hacía noto que uno de los sobres era distinto, como ligeramente más grande que los otros. Lo tomó y leyó el destinatario de la carta que ella misma había ensobrado. Sorprendida y asustada no podía creer no haberlo visto el día anterior cuando liquidó esa caja. Era su nombre. Con otra dirección pero era su nombre. Sin preocuparse demasiado pero siempre intrigada separó el sobre. Además, una vez que hizo esto, la caja quedaba perfectamente acomodada.
Revisó la base de datos y no encontró el registro. Lo esperaba, no sabía bien por que pero dado lo extraña de la situación era algo lógico que no esté en el mailing. Metió el sobre en su cartera y se lo llevó sin abrirlo.
Mientras viajaba de regreso a su casa se durmió escuchando algo de música pensando en el sobre, del que se olvidó completamente cuando despertó a unas cuadras de la parada de su casa.
Al llegar lo encontró como siempre últimamente, de mal humor. Discutieron pero no como siempre sino con más fuerza y violencia. Gritándose como nunca antes. Hasta se asombró de ser capaz de hacerlo porque siempre la había invadido el miedo que nunca pensó tener y que ahora estaba enterrando. Le dijo que se iba a ir, que ya no aguantaba más, que los años que pasaron habían sido buenos pero que no entendía como estaba ahí todavía. La respuesta de él le agujereó la médula de un tiro.
Encerrada en el baño dejo de ver la casa linda de golpe y hasta le dio asco. Pensó en irse en ese momento pero el cansancio la pegaba al piso. Salió del baño por un impulso y fue directamente a buscar el sobre dentro de su cartera. Lo agarró y volvió a encerrarse. Podía notar que dentro del sobre había un papel o algo de color oscuro, un marrón rojizo que antes no había notado. Igualmente no quiso abrirlo pero no dejó de mirarlo por más de una hora. Estaba intrigada pero a la vez tenía miedo por lo extraño de toda la situación.
El sobre permaneció en su cartera y ahí se quedó hasta el domingo, cuando presa de una desesperación melancólica lo agarró y casi corrió hasta la plaza, pequeña, pobre y venida a menos, pero con lo suficiente como para que su cabeza volara donde ella quería, a ninguna parte pero a todos lados. La hamaca, la única que quedaba entera había sido su diván durante varios domingos por la tarde, momento en el que la sangre se espesa de sentimientos y la hacen cada vez más densa y lenta. Esta vez sólo estaban ella, la hamaca y el sobre. Esta vez el aire estaba quieto y el tiempo también. Se levantó y miró hacia la ruta. Caminó despacio hasta la parada donde el ómnibus estaba detenido, como esperándola. Se subió y no sacó el boleto, sólo se sentó y miró por la ventanilla.
Bajó en la terminal y caminó unas cuadras hacia el río para después doblar a la izquierda y pasar el bar viejo que había visto una vez. Se detuvo y miró la dirección de la casa que estaba cruzando la calle, la dirección del sobre.
Una vieja la atendió y convidándole mate recién hecho le empezó a hablar de las comodidades de la casa.
Sólo falta la cocina porque en realidad es una división de mi casa que ahora me queda grande. Tendríamos que llegar a un acuerdo por la obra y ver como hacemos con los gastos…. y la voz de la vieja de repente dejó de escucharse porque se estaba viendo en un sillón sentada bajo la ventana, con su mini bar en construcción y las fotos en la pared, los libros en el piso y la radio de fondo, el mate y el termo sobre la alfombra, y el sobre en la mesa, abierto y casi roto, con el papel rojizo asomando y un mensaje escrito con su propia letra: “Bienvenida a la vida”.
Económicamente estaba ahorcada, viviendo de prestado y las primeras cuentas mentales sólo tapaba agujeros, pero estaba feliz, por lo menos en ese plano.
Los primeros días como las primeras veces de todo. Conocer gente nueva dispersa en un enorme edificio, tratar de deducir quien era bueno y quien no, quien actuaba y quien no, imaginaba los pensamientos del resto con respecto a ella, a veces se perdía y trataba de hacer un mapa en su cabeza de las oficinas del piso, empezaba a estar nuevamente en el ruedo.
Se sentía un poco culpable porque el sueldo realmente era bueno, no sólo a cambio del trabajo en sí, sino que también era un buen sueldo, uno alto.
A los días se relajó un poco. Ya se sentía ubicada en su nueva vida y con sus nuevas obligaciones. Lo que todavía le pesaba era el viaje y no porque la empresa estuviera lejos, la que estaba lejos era ella.
La casa en las afueras tenía esa contra. Para cualquier cosa había que viajar más de una hora, porque cualquier cosa quedaba en la ciudad. Trataba de tomar el viaje como su real trabajo, porque era lo único que le pesaba, el resto no era tanto.
La casa la habían elegido los dos pero ella se enamoró en cuanto la vio. Cerca de la playa, con fondo y parrilla, con pocos árboles si, pero no le importó mucho ese detalle. Ya veía crecer sus plantitas cerca de la pared, en las macetas que había comprado hace tiempo y que tenía guardadas para esas plantas, exclusivamente.
Se acostumbró, después de un tiempo, a dormir en el ómnibus. Al principio le resultaban muy incómodos los asientos, pero en unas semanas cambió de parecer. También, pensó, que el trajín diario era un poco responsable de su sueño matinal y que tampoco había mucho para hacer.
Sus jefes, dos tipos de alrededor de cuarenta, con pinta de empresarios nuevos. El trato era bueno, racional, cosa que al principio le costó asumir, como quien se encuentra ante una situación que no sólo parece buena, sino que lo es.
Cobró su primer sueldo y devolvió gran parte de lo que había pedido. Con lo poco que le quedó, aguantó el siguiente mes. Recién en el tercero pudo decir que había cobrado y disfrutar del dinero. Se compró sandalias, música, un poco de cerveza y algo para fumar en casa. Paró frente a una vidriera en la que un vestido se le clavó en los ojos.
Unas semanas más tarde, uno de sus jefes la llamó y le dijo que debía reunirse con él y el otro socio en su oficina en quince minutos. El tipo era alto, morocho y con un humor estable y hasta simpático, cosa que ese día no tenía a juzgar por la cara.
Los quince minutos más largos de su vida habían comenzado. El reloj, cada vez que lo miraba, parecía retroceder en vez de avanzar. Empezó a percibir la densidad del aire y el frío de su espalda que no era acorde a ese enero de cuarenta y dos grados.
No era la primera vez en su vida que le tocaba sentir que lo bueno terminaba, por lo que se resignó y se calmó un poco. A los quince minutos, puntual, estaba golpeando la puerta del despacho. Entró con su mejor sonrisa, casi seduciendo involuntariamente.
Los socios se miraron como tratando de decidir quien iba a dar la mala nueva. Luego de un silencio de unos segundos que parecieron días enteros, uno de ellos la miró a los ojos y se lo dijo. Dio vueltas con temas como que todos hacían de todo, que cada uno era un empleado más y que sabía que no le iba a gustar, pero que las cartas había que mandarlas, para lo que había también, que ensobrarlas. Alrededor de seiscientas diarias hasta terminar con el listado de casi catorce mil fue el cálculo que hicieron.
Una mezcla de alivio y enojo la invadieron simultáneamente. No quiso quedarse callada para no dejar flotando la idea de que iba a hacer cualquier cosa que le pidieran. Protestó un poco pero en un tono irónico bien balanceado.
Cuando salió del despacho casi explota de contener la carcajada y mientras caminaba hasta su escritorio pensó en jugar a buscar conocidos dentro de aquellas cajas repletas de sobres y cartas.
Al tercer día ya había encontrado a algunos parientes, ex compañeros de estudios, un ex novio, su jefe en un trabajo anterior y hasta una prima de quien no tenía noticias hace mucho. Entre los sobres de una de las cajas, había en medio un espacio. Tomó la caja y la sacudió como para acomodarlos pero el espacio seguía ahí. Repitió la maniobra varias veces hasta que no pudo con su obsesión y vació la caja sobre el escritorio para acomodarlos uno por uno. Mientras lo hacía noto que uno de los sobres era distinto, como ligeramente más grande que los otros. Lo tomó y leyó el destinatario de la carta que ella misma había ensobrado. Sorprendida y asustada no podía creer no haberlo visto el día anterior cuando liquidó esa caja. Era su nombre. Con otra dirección pero era su nombre. Sin preocuparse demasiado pero siempre intrigada separó el sobre. Además, una vez que hizo esto, la caja quedaba perfectamente acomodada.
Revisó la base de datos y no encontró el registro. Lo esperaba, no sabía bien por que pero dado lo extraña de la situación era algo lógico que no esté en el mailing. Metió el sobre en su cartera y se lo llevó sin abrirlo.
Mientras viajaba de regreso a su casa se durmió escuchando algo de música pensando en el sobre, del que se olvidó completamente cuando despertó a unas cuadras de la parada de su casa.
Al llegar lo encontró como siempre últimamente, de mal humor. Discutieron pero no como siempre sino con más fuerza y violencia. Gritándose como nunca antes. Hasta se asombró de ser capaz de hacerlo porque siempre la había invadido el miedo que nunca pensó tener y que ahora estaba enterrando. Le dijo que se iba a ir, que ya no aguantaba más, que los años que pasaron habían sido buenos pero que no entendía como estaba ahí todavía. La respuesta de él le agujereó la médula de un tiro.
Encerrada en el baño dejo de ver la casa linda de golpe y hasta le dio asco. Pensó en irse en ese momento pero el cansancio la pegaba al piso. Salió del baño por un impulso y fue directamente a buscar el sobre dentro de su cartera. Lo agarró y volvió a encerrarse. Podía notar que dentro del sobre había un papel o algo de color oscuro, un marrón rojizo que antes no había notado. Igualmente no quiso abrirlo pero no dejó de mirarlo por más de una hora. Estaba intrigada pero a la vez tenía miedo por lo extraño de toda la situación.
El sobre permaneció en su cartera y ahí se quedó hasta el domingo, cuando presa de una desesperación melancólica lo agarró y casi corrió hasta la plaza, pequeña, pobre y venida a menos, pero con lo suficiente como para que su cabeza volara donde ella quería, a ninguna parte pero a todos lados. La hamaca, la única que quedaba entera había sido su diván durante varios domingos por la tarde, momento en el que la sangre se espesa de sentimientos y la hacen cada vez más densa y lenta. Esta vez sólo estaban ella, la hamaca y el sobre. Esta vez el aire estaba quieto y el tiempo también. Se levantó y miró hacia la ruta. Caminó despacio hasta la parada donde el ómnibus estaba detenido, como esperándola. Se subió y no sacó el boleto, sólo se sentó y miró por la ventanilla.
Bajó en la terminal y caminó unas cuadras hacia el río para después doblar a la izquierda y pasar el bar viejo que había visto una vez. Se detuvo y miró la dirección de la casa que estaba cruzando la calle, la dirección del sobre.
Una vieja la atendió y convidándole mate recién hecho le empezó a hablar de las comodidades de la casa.
Sólo falta la cocina porque en realidad es una división de mi casa que ahora me queda grande. Tendríamos que llegar a un acuerdo por la obra y ver como hacemos con los gastos…. y la voz de la vieja de repente dejó de escucharse porque se estaba viendo en un sillón sentada bajo la ventana, con su mini bar en construcción y las fotos en la pared, los libros en el piso y la radio de fondo, el mate y el termo sobre la alfombra, y el sobre en la mesa, abierto y casi roto, con el papel rojizo asomando y un mensaje escrito con su propia letra: “Bienvenida a la vida”.
abril 17, 2008
Humo
Ni siquiera podía pensar bien, y entre las cosas que pensaba, me preguntaba para qué quería pensar. Me ardían mucho los ojos y casi todo el mundo hablaba de eso, del humo.Las neblinas matinales eran eternas, las nocturnas eran terribles. Había sangre por todos lados, había heridas que no eran mías, vasos rotos, vidrios y papeles por el suelo. Estaban ahí, desparramados desde hace tiempo, en mi piso, en mi lugar. No quise limpiar ni remover. No quise acomodar pero acomodé un poco mi neurosis. Me contuve. Me dejé llevar. Dejé que las cosas sigan su curso y que no esté yo al mando. Dejé que no haya curso.
Estar en el lugar era complicado, aunque fuera mi lugar. Me sentía hasta incómodo por estar incómodo ahí, justo ahí.
Veía el humo entre los humos, veía la columna blanca subir hasta que se desvanecía, cerca de los ojos. No escuchaba nada. No escuchaba los vidrios romperse, ni la música, ni las voces, ni la sangre. Me ardían mucho los ojos, y hasta lloré un poco.
noviembre 05, 2007
Aire (Si, para mi también)

Su sueño había sido siempre un Corvette rojo como el de muelle 56. Desde chico miraba la serie al llegar de la escuela mientras comía en casa de su abuela. Lo miraba y se veía manejándolo por la costanera frente al aeroparque, en reemplazo de algún bulevar de Los Ángeles. Se veía a veces con las llaves en la mano, apoyado sobre el capot, casi agachado por la baja altura del auto, pero siempre sonriendo, con lentes oscuros y mirando el río marrón, lejos de aquellas playas de arena y bikinis, lejos de los atardeceres dibujados por el smog nublando el sol naranja.
Nunca había podido hacer siquiera el viaje. Ya de más grande se hubiera conformado con ver la playa y ese atardecer contaminado sentado en un banco y a la espera de algún Corvette que pasara por ahí al menos. Nunca había podido cumplir su sueño.
Desde el asalto, su vida había cambiado totalmente. Hasta entonces habían atracado bancos pero nunca con un resultado tan bueno. Valió la pena la espera, la planificación rigurosa y la logística. Ya habían pasado casi dos años y todavía daba vuelta la cara cuando se le acercaba un policía.
Sonrió al acordarse de la vez que lo pararon en aquel control de la General Paz y Libertador, al volver de la fiesta del Ruso. Le costó cincuenta mangos las dos copas de champagne del brindis luego de la alcoholemia pero la sensación del sudor frio en la espalda la sentía a cada rato.
No podía olvidarse de la cara del tipo que estaba pescando junto al desagüe cuando salieron con el bote. Los miraba sin entender nada, casi atónito. Cuando vio la entrevista que le hicieron por la tele se sintió casi capturado. Pensó que todo estaba perdido y que sólo era cuestión de tiempo hasta que dieran con ellos. Hasta hoy, creía verlo en flashes entre los pescadores de la costanera, para luego convencerse de la existencia del fantasma de esa cara.
Por todos lados todo el mundo hablaba de ellos, claro, sin saber que los tenían en frente comprando el diario, el pan o cargando nafta. Admitía por aquel entonces sentir cierta especie de orgullo, que se fue apagando con el tiempo, reemplazándose por una sensación casi incontenible de tener el secreto bien guardado, más de una vez tentado a contarlo en una borrachera, a modo de broma.
El chivo uruguayo solucionó un poco las cosas y calmó las aguas. Fue cuando decidieron que lo mejor era dispersarse. No volvió a ver a los muchachos desde entonces, ya casi dos años. Ni siquiera una llamada, como habían quedado que sería. Todo a la perfección y cumplido al pie de la letra. La policía cargaba con su muy bien ganada fama de ineficiencia pero tampoco la subestimaban. Soñaba con los rostros de cada uno de los ratis que salieron por la tele en esos días.
La plata no la había tocado. Bien guardada en la caja de madera, dentro de una bolsa y enterrada en el jardín. El miedo de billetes marcados con la numeración registrada lo hacia temblar. Se preguntaba una y otra vez para qué lo había hecho si no podía disfrutarlo después de tanto riego.
Para qué tenia tanta guita si ni se animaba a ir al mercado a comprar asado y pagar con ella. Y las veces que andaba seco esa pregunta no lo dejaba dormir. Las veces que su jefe le gritaba en la cara, casi insultándolo porque necesitaba descargar su mal humor con alguno de sus esclavos, se mordía los labios conteniendo las ganas de decirle que había tenido un rifle en la mano con el que apuntó a diez personas durante dos horas, dispuesto a volarles la cabeza ante el menor movimiento, y que no tendría ningún inconveniente en volársela a él así se quedara quieto hasta acalambrase.
Su vida era un calvario. No le quedaban amigos porque se había alejado de ellos, un poco por protegerlos y un poco por paranoico. Se había peleado con Silvia dos meses después del robo cuando sus días giraban en torno al miedo, la inseguridad y la desconfianza de todo. Nada le venía bien. Nada lograba calmarlo. Estaba solo en casa de su primo, que lo alojó luego de concretar su nuevo estado de soltería forzada, forzada por él mismo. Ya no iba más al club, no salía los fines de semana, no podía pensar en esas vacaciones que tanto necesitaba y que tanto bien le harían, o al menos eso imaginaba. Trescientos cincuenta y seis mil doscientos ochenta dólares. Es increíble como el monto disminuye cuando se trata de plata negra al igual que con las incautaciones de drogas. Las cajas de seguridad servían para eso y ellos lo sabían. Casi tres palos verdes terminaron siendo dos luego de las declaraciones de los asaltados, que se morirían de un infarto si supieran que la mitad de las joyas terminaron en las cloacas. La otra mitad se las había llevado Juán, diciendo que las podía colocar en Paraguay, exceptuando el anillo que se quedó en cuanto lo vio, y automáticamente pensó en ella.
Dos veces estuvo por desenterrar el tesoro. El día que Silvia le habló de casarse y el día de su cumpleaños de ese año, cuando no tenía un mango y puteó el hecho de haber nacido un día veintitrés hasta que la noche y la cerveza lo durmieron.
Cuando entró en la casa se dio cuenta que era jueves porque no había nadie. Su primo jugaba al futbol ese día y la mujer aprovechaba para salir con las amigas. Se sirvió un fernet y se sentó en el sillón. Prendió la tele pero sólo para tener algún ruido de fondo, alguna compañía. Levantó los mensajes del contestador y en cuanto escuchó el “hola” se le aflojaron las piernas. “Es mi cumpleaños, pensé que te acordarías. Si querés pasá por casa a cenar”. Claro que se acordaba y se había arrancado los dedos durante el día para no llamar. Miró el reloj de la cocina como si estuviera esperando que sea la hora de nada. Era la hora de desenterrar el pasado y el anillo y el Corvette.
agosto 14, 2007
Viernes, 3 p.m.
No era la primera vez que lo pensaba pero nunca había llegado tan lejos. El día era ideal. Gris, llovizna casi lluvia por momentos y soledad total. Mientras caminaba rumbo a su trabajo no se cruzó con nadie. Las calles vacías por las inclemencias climáticas y porque siempre estaban vacías, aumentaron la posibilidad de concreción. Hoy si. Hoy será perfecto.
Fue caminando porque ni el ómnibus pasó. Hasta eso lo había abandonado. Pero nada lo amedrentaría hoy. Ya no aguantaba más. Su trabajo rutinario, su pareja, sus ex parejas, sus amigos que ni el se atrevía a llamarlos así y catalogaba como conocidos, y esa característica en su carácter, solidaria pero tortuosa por momentos, de cargar mochilas ajenas, hacían de su vida algo ya imposible de soportar. El mundo, más que venírsele abajo le pesaba a cada minuto más.
Tenía las llaves. Era el primero que llegaba a la oficina, encargado de los recortes de las noticias importantes en los diarios. Cuando su jefe llegara debía estar todo preparado y listo para empezar a tipear los resúmenes para subir a la página y llenar la lista del newsletter. Nunca había llegado tarde porque le temía a su jefe siempre de tan buen humor, no por una cuestión de responsabilidad.
En la puerta del edificio respiró hondo y metió la mano en el bolsillo para agarrar la llave. Abrió la puerta, llamó al ascensor y presionó el botón de la terraza.
Cuando salió sintió mucho más frio del que había en la vereda. La altura pensó. Caminó hacia la esquina y apoyó los brazos en la reja. Miró hacia abajo y se largó a llorar. Retrocedió unos metros y miro el cielo plomizo que le escupió la cara con la lluvia helada, como alentándolo a que lo hiciera.
Miró hacia los edificios vecinos y se detuvo en la cúpula dorada del de enfrente. Observó que no era tan dorada ni inmaculada como la veía desde la ventana de su escritorio todos los putos días. Las cosas no se ven del mismo modo desde cerca.
Giró su cabeza y se detuvo en una ventana que estaba abierta, le llamó la atención por la lluvia y el frio. La observó por un instante y se dio cuenta que salía un humo blanco y espeso.
Pronto un olor inconfundible e inolvidable lo llevó unos veinticinco años atrás. Ese recital en Buenos Aires de Serú Girán, el viaje con los amigos, esos si que lo eran, y ser testigo de algo que quedó en la historia. Por un momento le dio sentido a su vida que también tenia como la tapa del disco un color negro.
Su teléfono sonó pero no atendió. Ni quiso ver quien era. Cuando dejó de sonar lo agarró para apagarlo y recordó que se lo habían regalado los compañeros de la oficina en su último cumpleaños. Vio que le habían dejado un mensaje de voz y lo escuchó, parado al borde de la terraza apoyado nuevamente en la reja. Su pareja le encargaba que comprara algo cuando volviera, pero el no volvería. Estaba decidido.
Levantó la mirada nuevamente a la ventana abierta. Pudo ver tres personas que lo estaban observando o eso suponía. Dos mujeres y un hombre. Se quedó largo rato mirándolos.
Durante ese tiempo se abrazaban como si se estuviesen reencontrando después de años. Logró distinguir a la distancia que la estaban pasando bien. Trató de reconocer el edificio y lo identificó como el hotel ese que estaba junto al banco. Es un reencuentro pensó, no hay dudas.
Vio sus caras de felicidad y volvió a romper en llanto. Se los notaba muy contentos. Había regalos y más abrazos, conversaban entre ellos fluidamente, como aquellas personas que se conocían desde siempre, que eran amigos desde siempre.
No pudo evitar pensar en sus compañeros de oficina cuando le dieron el teléfono. Estaban más contentos que él. Recordó el festejo de esa noche en la casa de su hermana, la mayor. Recordó que ella le había hecho escuchar por primera vez a Serú Girán y lo que lo había alentado para que hiciera ese viaje, incluyendo el trabajo fino de convencimiento a sus padres y algo de plata que le había prestado. Y que me de la inyección a tiempo, antes que se me pudra el corazón. Y caliente estos huesos fríos, nena… Se encontró cantando y se sorprendió, hasta se le dibujó una sonrisa.
Los brazos empezaron a temblarle mientras prendía el teléfono nuevamente. Dijo que compraría el encargo de vuelta, que estaba todo cerrado y que buscaría una tienda en el camino.
Cuando bajó, miró los restos del teléfono dispersados en la calle y se fue silbando, quizá algo de Serú.
mayo 08, 2007
Y sin embargo

Joaquín... Joaquín.... La puta que te parió pensé. Asi que "Sabes mejor que yo que hasta los huesos sólo calan los besos que no has dado". Por qué no venís a esperar el colectivo a las 7 de la mañana y vas a ver como el frío te los pulveriza y no sólo los cala. Tenía ganas de que vinieras manejando el puto colectivo que hace ya 20 minutos que espero para decirte un par de cosas....
Los besos que no has dado???? Si la mujer de mis sueños apareciera en este instante, no sacaría de mis bolsillos las manos ni loco.
Además con la cantidad de alcohol que tenés (o tenías) en sangre, no creo que sepas lo que es el frio.
Los besos que no has dado???? Si la mujer de mis sueños apareciera en este instante, no sacaría de mis bolsillos las manos ni loco.
Además con la cantidad de alcohol que tenés (o tenías) en sangre, no creo que sepas lo que es el frio.
Huesos calados, uñas violetas, labios secos, ojos llorozos, que más querés de mi??? Seguramente no manejás el colectivo. Por la extensísima experiencia que tengo en el tema de tomarlos y esperarlos, se con total exactitud que no manejás ninguno. Los colectivos los manejan Dyango, José Luís Perales, El "Puma" Rodriguez, Sandro (los dias que puede andar sin el tubo de oxígeno), José Velez, etc.
En los últimos tiempos la camada de nuevos conductores representados por los integrantes de Pibes Chorros, Los Palmeras (si, no me equivoqué, se llaman LOS Palmeras), Ricky Maravilla, etc., ha ido dejando cesantes a los de tu generación y debo confesar que se los extraña un poco. Duelen los oidos ya y, como todo dolor que uno sufre, tiene el efecto de añorar otros pasados, pensando erroneamente que eran más leves, que eran mejores y más fáciles de soportar.
Y sin embargo, tenés razón en parte de lo que decís. Una casa sin ella es una embajada, una oficina, aunque confieso que a veces se extraña también la oficina. No, dos no es igual que uno más uno, admito. Pero bueno, es lo que toca. O al menos eso pienso mientras te espero, y ya pensando en el sábado siendo recién martes, ya pensando en la cena sin haber desayunado, ya pensando...
Y no venís carajo!!! La barrera de Dorrego serguro... Vas a ver cuando llegues... no te van a quedar ganas de escribir. Ya van 30 minutos. Y sin embargo, a la gente parece no importarle. Raro que nadie bufe o cogotee en tu búsqueda al principio de la avenida. El único que mira el reloj soy yo?? Que pasa??
En los últimos tiempos la camada de nuevos conductores representados por los integrantes de Pibes Chorros, Los Palmeras (si, no me equivoqué, se llaman LOS Palmeras), Ricky Maravilla, etc., ha ido dejando cesantes a los de tu generación y debo confesar que se los extraña un poco. Duelen los oidos ya y, como todo dolor que uno sufre, tiene el efecto de añorar otros pasados, pensando erroneamente que eran más leves, que eran mejores y más fáciles de soportar.
Y sin embargo, tenés razón en parte de lo que decís. Una casa sin ella es una embajada, una oficina, aunque confieso que a veces se extraña también la oficina. No, dos no es igual que uno más uno, admito. Pero bueno, es lo que toca. O al menos eso pienso mientras te espero, y ya pensando en el sábado siendo recién martes, ya pensando en la cena sin haber desayunado, ya pensando...
Y no venís carajo!!! La barrera de Dorrego serguro... Vas a ver cuando llegues... no te van a quedar ganas de escribir. Ya van 30 minutos. Y sin embargo, a la gente parece no importarle. Raro que nadie bufe o cogotee en tu búsqueda al principio de la avenida. El único que mira el reloj soy yo?? Que pasa??
Repaso las cosas pendientes del trabajo y lo que me espera al llegar, si es que lo hago en algún momento. Y sin embargo, siendo martes ya casi es sábado. Al repasar las cosas las adelanto y pienso de a poco en que el jueves estaré diciendo, ya está. Mañana es viernes, terminó.
Volver a sentir la adrenalina del fin de semana cercano. Volver a esperar que el teléfono suene. Volver a evaluar la posibilidad de invertir en un perfume. Volver a no poder llegar a morfeo por el zumbido en los oidos de la música fuerte. Volver a salir a las luces de la noche. Volver a caminar entre lobos saliendo ileso. Volver a los dolores de cabeza del día siguiente y a ese cansancio físico por la falta de sueño, pero tan gratificante. Volver a encontrarle sentido a perderme entre la gente en un lugar desconocido pero perfectamente identificado. Volver a la carga.
No, es por el frio... nada más que el frio. Serán las ganas de estar en un lugar calentito, sin viento. Ya está, ya pasó. Mañana es sábado y el teléfono va a sonar, caminaré entre los lobos, con mi perfume y el zumbido en los oidos. Me dolerá la cabeza y estaré cansado después. Me sentiré perdido y ajeno, pero en un lugar conocido. Despues de 19 días y 5.000.000 de noches, dejé la casa donde habita el olvido, pasé por el alivio de luto, porque voy a salir esta noche contigo.
abril 04, 2007
Love songs

Me fui del planeta el domingo por la mañana bien temprano. Eran cerca de las 10 y ya estaba casi en mi destino que fui reconociendo a medida que caminaba sin rumbo fijo aparente.
Mientras caminaba tomé fotografías de la ciudad vacía y con lluvia. Hubo momentos en que uno podía sentarse a jugar algunas manos de truco en el medio de la Av. Rivadavia, sin riesgo de ser atropellado por algún vehículo, cosa que en los dias de semana puede pasarle hasta estando en la vereda.
Desde el principio de mi viaje, "Love songs" de Aretha Franklin, un compilado editado en el 2001, inmensamente recomendado para el deleite y para el suicidio, me acariciaba los oidos con toda la intención de hacerme sentir perfecto.
Pienso que mi relación con el agua es un tema que tendría que charlar en algún momento en terapia o con algún astrólogo, geólogo, biólogo marino, etc, etc...
Tengo la seguridad que en los dos o tres momentos de mi vida en que mejor me he sentido estaba lloviendo. Uno de ellos estaba en el la playa.
El parque estaba vacío al igual que la ciudad. Domingo lluvioso con un lunes feriado por venír, anterior a Semana Santa es demasiado para cualquier almanaque de clase media. Me encargué de revisar pilas de libros viejos, en busca de algunos títulos de interés propio y encargados sin resultados positivos (Pista 3: Laughing On The Outside). Mis opciones eran novelas clásicas, algunos cuentos ya leidos, volver a mi época de estudiante con libros escolares que se venden por kilo o salir ya del parque. Opté por esta última, ya que mi estómago se encargó de recordarme que no habia desayunado. (Pista 5: This Bitter Earth).
Fui a un bar en la esquina de Acoyte y Rivadavia y me senté en una mesa cercana a la ventana. La lluvia habia parado un poco pero con el objeto de recuperar fuerzas para más tarde. Desde ahí, podía ver el cruce de las avenidas con total claridad mientras por momentos la soledad me invadía y compartía algunos pensamientos. (Pista 8: Trouble In Mind)
Terminado el desayuno, salí del bar junto con la lluvia que volvía a aparecer tal como la esperaba. Intensa.
Corrí en busca de un techo para protección que no casualmente se encontraba frente a un complejo de cines de proporciones faraónicas. Dudé un instante para después resolver recuperar el placer que no sentía hace tiempo de ver una película tranquilo y cómodamente sentado, sólo que elegí bastante mal. 300. Una historia ya escrita, realizada con una computadora, una lona verde y un par de millones de dólares. Lamenté haber abandonado por un instante a Aretha Franklin, cosa que retomé inmediatamente. (Pista 10: Try A Little Tenderness).
Al salir del cine y caminar un rato más, el w300 que tengo pegado a uno de mis riñones acusó una vibración, luego otra, y luego el correspondiente ringtone que no escuché, gracias a la reina del soul. SMS: "Donde estás?". Respuesta: "Saliendo del cine" y sin esperar respuenta a la mia, seguí caminando. (Pista 11: I Wish I Didn't Love You So). Carajo... nada más apropiado.
Al llegar a la estación Primera Junta la lluvia seguía haciendo su trabajo. Evalué por un momento mandar otro SMS para testear las intenciones de quien ya estaba acompañandome en la caminata, Decistí. (Pista 12: Only The Lonely). Carajo... again.
La sensación extraña de extrañar. La lluvia. La duda. El pasado. EL futuro. (Pista 13: But Beautiful). Mejor.
El w300 empezó a vibrar. Una vez, otra, otra más. No era un SMS. Estaba sonando. Tengo la costumbre de en los fines de semana no mirar el callerID, cosa que mientras trabajo en la semana hago todo el tiempo para filtrar.
Lo agarre y lo abrí.
- Aretha?
- Quien?... no, soy yo. Nos vemos.
(Pista 15: If Ever I Would Leave You)
Fin del disco.
Mientras caminaba tomé fotografías de la ciudad vacía y con lluvia. Hubo momentos en que uno podía sentarse a jugar algunas manos de truco en el medio de la Av. Rivadavia, sin riesgo de ser atropellado por algún vehículo, cosa que en los dias de semana puede pasarle hasta estando en la vereda.
Desde el principio de mi viaje, "Love songs" de Aretha Franklin, un compilado editado en el 2001, inmensamente recomendado para el deleite y para el suicidio, me acariciaba los oidos con toda la intención de hacerme sentir perfecto.
Pienso que mi relación con el agua es un tema que tendría que charlar en algún momento en terapia o con algún astrólogo, geólogo, biólogo marino, etc, etc...
Tengo la seguridad que en los dos o tres momentos de mi vida en que mejor me he sentido estaba lloviendo. Uno de ellos estaba en el la playa.
El parque estaba vacío al igual que la ciudad. Domingo lluvioso con un lunes feriado por venír, anterior a Semana Santa es demasiado para cualquier almanaque de clase media. Me encargué de revisar pilas de libros viejos, en busca de algunos títulos de interés propio y encargados sin resultados positivos (Pista 3: Laughing On The Outside). Mis opciones eran novelas clásicas, algunos cuentos ya leidos, volver a mi época de estudiante con libros escolares que se venden por kilo o salir ya del parque. Opté por esta última, ya que mi estómago se encargó de recordarme que no habia desayunado. (Pista 5: This Bitter Earth).
Fui a un bar en la esquina de Acoyte y Rivadavia y me senté en una mesa cercana a la ventana. La lluvia habia parado un poco pero con el objeto de recuperar fuerzas para más tarde. Desde ahí, podía ver el cruce de las avenidas con total claridad mientras por momentos la soledad me invadía y compartía algunos pensamientos. (Pista 8: Trouble In Mind)
Terminado el desayuno, salí del bar junto con la lluvia que volvía a aparecer tal como la esperaba. Intensa.
Corrí en busca de un techo para protección que no casualmente se encontraba frente a un complejo de cines de proporciones faraónicas. Dudé un instante para después resolver recuperar el placer que no sentía hace tiempo de ver una película tranquilo y cómodamente sentado, sólo que elegí bastante mal. 300. Una historia ya escrita, realizada con una computadora, una lona verde y un par de millones de dólares. Lamenté haber abandonado por un instante a Aretha Franklin, cosa que retomé inmediatamente. (Pista 10: Try A Little Tenderness).
Al salir del cine y caminar un rato más, el w300 que tengo pegado a uno de mis riñones acusó una vibración, luego otra, y luego el correspondiente ringtone que no escuché, gracias a la reina del soul. SMS: "Donde estás?". Respuesta: "Saliendo del cine" y sin esperar respuenta a la mia, seguí caminando. (Pista 11: I Wish I Didn't Love You So). Carajo... nada más apropiado.
Al llegar a la estación Primera Junta la lluvia seguía haciendo su trabajo. Evalué por un momento mandar otro SMS para testear las intenciones de quien ya estaba acompañandome en la caminata, Decistí. (Pista 12: Only The Lonely). Carajo... again.
La sensación extraña de extrañar. La lluvia. La duda. El pasado. EL futuro. (Pista 13: But Beautiful). Mejor.
El w300 empezó a vibrar. Una vez, otra, otra más. No era un SMS. Estaba sonando. Tengo la costumbre de en los fines de semana no mirar el callerID, cosa que mientras trabajo en la semana hago todo el tiempo para filtrar.
Lo agarre y lo abrí.
- Aretha?
- Quien?... no, soy yo. Nos vemos.
(Pista 15: If Ever I Would Leave You)
Fin del disco.
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